Pocas veces se tiene la suerte de ver en directo a una leyenda del rock. Ojo: de las de verdad; inconfundibles en la historia del rock y mezcladas entre sí en episodios de rock y heroína en los que no faltaba el diablo de aquel extraño cruce de caminos. Anoche, en San Javier, pudimos ver a Johnny Winter, el bluesman albino de Texas.
Llama la atención, por lo preocupante, el estado de salud de Winter. Su albinismo nuclear, la ceguera casi absoluta que le acompaña y su físico encorvado y consumido le muestran extremadamente frágil, hasta el punto de que desde hace tiempo se ve obligado sentarse en una silla para tocar y a reducir sus minutos ante el público. De hecho, el inicio del concierto y la presentación de la banda fueron sin él. Se hizo esperar, ¿pero a quién le importa todo esto cuando de repente aparece sobre el escenario aquél que ya era grande en Woodstock, el hijo adoptivo de Muddy Waters? Todo el mundo grita, aplaude y silba exclamaciones que colorean un aire destinado a partir de ahora a transmitir el rock y el blues.
Se sienta, cierra los ojos que no ven y entonces comienza todo. El blues está en San Javier. Flashes por todas partes. Los delicados dedos de Winter marcan el ritmo a la guitarra; la mano izquierda, la serpiente enroscada al mástil; la derecha, un demonio encerrado en la púa. De algún lugar sale una bestia invisible que inunda el escenario con fuego, mira al público y ruge, golpea el recinto, lo sacude a coletazos. Los amplificadores no paran de disparar riffs, las baquetas se parten y el volumen sube. Winter canta con su voz rota y la noche toma forma de Hideaway, de Blackjack, de Lone Wolf, de Johnny Guitar toda ella y de Red House. A nadie le extraña que tanto Keith Richards como Bob Dylan (por su Highway 61) le pidieran permiso para volverlas a tocar en sus conciertos: desde que Winter las interpretó pasaron a ser suyas.
El concierto se frenó una hora y poco después del inicio. Era precisa una tregua. Johnny Winter paga el esfuerzo como médium entre dos mundos, éste que conocemos y el bestiario que trae con él. El público lo aclama, se resiste a su salida, no hace caso a las luces encendidas. Quiere escuchar Mojo Boogie. Y a base de gritos y aplausos, y más silbidos, Winter recordó que se iba sin mostrarnos su maestría con el bottleneck. Cambio de guitarra incluido, cayeron los últimos dos temas envueltos en ese sonido metálico, ese rozar extraño de cuerdas que no tocan madera, de hipnosis colectiva, de música para camaleones.
Cuando se encendieron de nuevo las luces, a la hora y cuarto de concierto, lo que quedaba era un genio sobre el escenario despidiéndose de un público profundamente agradecido por un tiempo breve, pero tremendamente intenso, de blues-rock de altísima calidad. Sin duda, el festival de San Javier es más grande desde anoche.
Johnny Winter
19 / July / 2008















