Magia pura
La ciudad del sol cedió a la noche su estrella más brillante cuando Bob Dylan apareció en el escenario con su sombrero de ala plana. Lo hizo sin avisar –uno no necesita llamar para entrar en su casa–, se acercó a su teclado de perfil y entonces empezó todo.
Dylan celebró su particular Día de la Independencia sin artificios. El cantautor más independiente e influyente del planeta sólo necesita ser él mismo. Lo demás cae por su peso: el público se entrega –no hay remedio conocido– cuando suelta su poesía vestida de rock. Te habla con música, ves la guerra y la paz endeble, heridas abiertas, lágrimas y besos que curan, alegrías y emociones; sus versos son objetos, te sacude con sus letras, y ahí estás tú dejándote, escuchando su voz hipnótica, perdido en mitad de un jet stream voraz que reúne los himnos de tres generaciones en un fraseo continuo, encadenando las palabras como si fuese por delante de la canción, jugando con el compás, casi a punto de fallarlo, y sin embargo lo clava con una genialidad. Magia pura.
Miras el reloj: se ha vuelto loco y marca más de una hora larga de concierto. No, está bien. Funciona. Ya falta poco para los bises y sabes que vas a oír Like a rolling stone con una mezcla de entusiasmo y pena porque el fin se acerca. Te pasa un poco como con Highway 61 revisited y All along the watchtower, que se te hace corta. Quisieras oírla lenta, muy lenta, alargando el final, atrapando el momento. Seguro que no se escapa.
Pero lo hace. Se escapa y despiertas en un coso que es ahora un mar de gente satisfecha, un murmullo en tu cabeza, y al poco te ves conduciendo de vuelta a casa. Si no hay luces en la carretera puedes ver más estrellas.
¿Nos invitas a una cervecita?

























Inferno Rock






un concierto genial, ojala vuelva pronto
Un concierto enorme como el de alicante
CO-JO-NU-DO